jueves, 11 de septiembre de 2014

Corazón en blanco 5



Corazón en blanco
5

Julián  se quedó pensativo mirando el teléfono. “¿Qué hago?” – Pensó – “¿Le llamo o no le llamo?” – Miró fugazmente el reloj de pared y se decidió – “Haré lo que debo hacer”.
Tomó le teléfono y marcó el número que tan bien se sabía de memoria. Antonio no tardó en responder.
- Hola Antonio, soy Julián.
- ¡Vaya! ¡El desaparecido! Esta tarde…
- Sí, ya lo sé., estuviste aquí. Por eso te llamo. ¿Es demasiado tarde tal vez? Querías que te llamara mañana, pero he preferido hacerlo cuanto antes. Pero si prefieres que…
- ¡No, no, no…! Sabes que siempre me acuesto tarde. No hay problema.
- Perfecto.
- Bueno, cuéntame. Hace más de una semana que no sé de ti. ¿Cómo te va?
La relación de amistad que había entre ellos dos, a parte de la estrictamente profesional, hacía que Julián supiera que ese “¿Cómo estás?” fuera más sincero de lo que pudiera parecer. Antonio quería saber cómo le iba de verdad. Otra cosa es que tuviera que ser tajante a la hora de actuar en lo que se refería a los anticipos. Pero esto era porque detrás de él había un grupo de socios presionando con los que no podía hacer otra cosa que respetar también su criterio comercial.
- Sigo igual, Antonio…
- Bueno hombre, ¿pero por qué no me llamas aunque sea de vez en cuando? Sólo para saber de ti, caramba… - Se hizo un pequeño silencio en el que Antonio estuvo tentado de preguntar por Teresa, la ex mujer de Julián, pero no venía a cuento hacerlo. No tenía sentido. Desistió de hacerlo porque a nada conduciría.
- Antonio, sabes que si no te llamo es porque no tengo nada que contar. Se excusó Julián.
- Lo sé… Pero… no me falles. Por lo que más quieras. Céntrate, haz el favor.
- Lo intento, Antonio, pero está todo muy reciente y la cabeza no me da para nada.
- No puedes seguir así, Julián. Deberías hacer algo.
- Lo intento, Antonio, cada día lo intento… De verdad…
- Ya, pero la fuente sigue seca, ¿no?
- Sí, eso parece…
- Oye… - dijo Antonio tras una pausa. Y Julián sabía lo que su amigo le iba a decir. - ¿Necesitas algo?
- No Antonio.
- Mira, sabes que personalmente te puedo ayudar sin necesidad de que esta gente se entere. – Se refería a los socios. – No tienes más que decírmelo
- No se trata de eso, Antonio. Lo sabes. De verdad que no. Gracias.
- Tú entiendes que de cara a ellos, tenga que tomar ciertas decisiones, ¿verdad?
- ¡Claro, Antonio! Siempre lo he sabido. No te preocupes
- Me presionan constantemente y yo… tengo que responderles.
- Lo sé…
- Pero eso no significa que en lo personal tenga nada contra ti. Puedo prestarte algo sin necesidad de que lo sepan. Si eso te quita de preocupaciones, sabes que…
- No, Antonio, no quiero que lo hagas. Saldré de esto. No quiero que te comprometas más de lo debido.
- ¿No has pensado en ver a alguien? Ya me entiendes.
- No Antonio, no necesito eso. Lo que me pasa es cosa mía…
Antonio se refería a que Julián acudiera a la ayuda de un psicólogo. No era la primera vez que se lo sugería.
- Nunca viene de más intentarlo. ¿Por qué no lo piensas?
- Está pensado, Antonio. Es cuestión de tiempo.
- Ya, pero el tiempo no nos sobra. Estamos prácticamente parados y el mercado no responde muy bien a eso. Mira, no lo sabes, pero esta última semana hemos tenido que rescindir el contrato a otros dos escritores.
- ¿Dos? – preguntó Julián alarmado.
- Sí, había bajado mucho la calidad de sus productos y las ventas no funcionaban.
- Y yo soy el siguiente… ¿verdad?
- No Julián, sabes que contigo estoy a muerte. Siempre has sido para mí la piedra angular de todo esto. Pero puede llegar un momento en que ya no pueda contener más a mis socios. Saben como tú, que precisamente es por ti que los tengo. Siempre has vendido muy bien. Lo sabes.
- No sé…
- ¡Tonterías! ¡Sí que lo sabes! Siempre has vendido bien hasta que… - Pero no quiso decirlo. Corrigió a tiempo: - Por favor, haz algo. No me falles.
- Dame un par de semanas, Antonio… Yo te llamaré.
- ¿Ves? Eso ya es algo. Es la primera vez que me hablas de un plazo de tiempo. ¿Te das cuenta? Te llamo yo. ¿Quieres que nos veamos mañana?
- No puedo, Antonio. – Dijo Julián mirando al perrillo que se había quedado dormido – Mañana tengo cosas que hacer. Sólo dame un par de semanas.


José C. Ojeda -