viernes, 15 de agosto de 2014

Corazón en blanco 2



Corazón en blanco
2

Un minuto después, cuando el aroma del café llegó a su nariz, fue cuando reaccionó. Tomó un sorbo, y volviendo la vista al papel en blanco, pudo ver el rostro del casero. Ese era el primero de su lista de acreedores que con impaciencia, aguardaba a recibir el importe del alquiler de los últimos tres meses. Si hasta la fecha no había emprendido acciones legales contra Julián, era porque sabía que no iba a sacar nada en limpio con ello. Nada, como no fuera quedarse con los escasos enseres que Julián poseía en el piso. A parte de esto, también le debía algún que otro favor. Recientemente un sobrino suyo consiguió trabajo gracias a una entrevista concertada por Julián.

Tomando otro sorbo, ahora dirigió su mirada al escaso grupo de folios emborronados. Allí pudo ver otro rostro, el de su editor. Hasta le pareció oír su voz:

- “Estoy harto, Julián. Esto no puede seguir así. No pienso adelantarte un céntimo más. No vas a recibir más anticipos a costa de un trabajo que aún no has terminado. Hasta que no tenga en mis manos algo que pueda leer y publicar, no esperes nada más de mí…”

Esas fueron las palabras de su editor la última vez que habló con él. No es que fuera precisamente un hombre implacable, pero sí estaba harto de la dejadez de Julián. Había cambiado mucho en el último año. Justo el tiempo que hacía que se había divorciado. Su mujer había sucumbido al desencanto, y no había tardado en encontrar con quien rehacer su vida.

Sí, en el último año su vida se había convertido en un verdadero caos. Apenas se relacionaba con nadie Poco a poco había ido perdiendo todos sus contactos y amistades. Muchas veces le daba por pensar en lo mucho que se alegraba de no haber tenido descendencia. Por lo menos ahora no había niños de por medio que tuvieran que sufrir las consecuencias de una ruptura matrimonial.

Tomó un sorbo de café, encendió un cigarrillo y giró la cabeza para mirar de nuevo a través de la cristalera. La misma gente arriba y abajo, la misma lluvia… ¡Dios, qué tarde más aburrida! Sólo una cosa estaba cambiando por momentos: la luz. Estaba anocheciendo. Iba siendo hora de retirarse. Por mucho más tiempo que estuviera allí, la situación no iba a cambiar. Ese tampoco iba a ser el día en que de nuevo brotara el chispazo inspirador que necesitaba.

Apagó el cigarro un par de minutos después, apuró el café y se dispuso a introducir todos los papeles en el portafolios de piel. Con los dedos entrecruzados sobre el portafolios, miró de nuevo a través de la cristalera. Esta vez sí que vio algo diferente que le llamó la atención. Vio una cosita peluda y menuda que con paso nervioso se acercaba por la acera. Un perrillo muy pequeño, apenas un cachorro, que acababa de cruzar la calle, a riesgo de terminar bajo las ruedas de algún coche. De hecho, unos segundos antes Julián había oído un frenazo, y ahora sospechaba quién había sido el culpable.

El perrillo, asustado y empapado se detuvo junto a la cristalera, bajo la marquesina que protegía la entrada de la cafetería. Se sentó al cobijo de la lluvia mirando inquieto a todas partes. Justo al otro lado y algo más de medio metro por debajo del nivel de la calle, se encontraba la mesa de Julián. De tal modo, que hubo un momento en que las miradas de ambos se cruzaron. Fueron unos segundos fugaces, pero en el transcurso de ellos, Julián creyó ver muchas cosas.

Pasaron unos minutos más y a Julián le dio la impresión de que el perrillo iba estando menos nervioso. No cesaba de mirar a Julián. Temblaba, pero de frío, no de miedo. En esto, Julián le sonrió con un gesto cariñoso al que el animal respondió poniéndose a cuatro patas, acercándose más al cristal y ladeando la cabeza.
Julián hizo lo mismo y notó que el aliento del perrillo empañaba el cristal. Al ladear un poco más la cabeza, el conjunto del bigote, y las orejas peludas y puntiagudas, le dieron al perrillo un aspecto más cómico si cabe. 
José C. Ojeda - El Viejo Capitán