domingo, 24 de agosto de 2014

Corazón en blanco 3



Corazón en blanco
3

Con semejante forma de mirar, a Julián le dio la impresión de que de alguna forma, el perrillo le estaba hablando. Hubiera podido jurar que así era. Aquella mirada despierta, vivaz… ¿Qué le decía aquella mirada?, se preguntaba Julián.
Con resolución se levantó y se acercó a la barra a pagar la consumición. A toda prisa, con el portafolios bajo el brazo y permitiéndose el lujo de no recoger el cambio, subió las escaleras para salir a la calle.
-  ¿Y a este qué mosca le habrá picado ahora? – pregunto en voz alta uno de los camareros.
- ¡Y yo qué sé…! – exclamó el que atendía las mesas con desgana.
Nada más salir, vio que el perrillo continuaba allí. Mirándole con interés. Según se fue acercando a él, el animalito se puso de pie. levantó una de las patas delanteras  como si saludara y sacudió la cola con brío.
“Bueno, creo que sé lo que pasará – pensó Julián -. Ahora me acercaré un poco más y saldrá corriendo.”
Apenas estaba a medio metro del animal y no pareció que esto fuera a suceder. Lo hizo muy despacio y, lejos de emprender la huida, el animal se había sentado de nuevo, mientras no dejaba de mirarle. Los movimientos de la cola eran ahora más nerviosos.
Julián se acercó un poco más y se agachó para ponerse a su altura. El animalillo agachó la cabeza muy sumiso recibiendo las primeras caricias en la cabeza. Lamió un par de veces la mano de Julián, que se fijó en que no llevaba collar. Aparentemente se le veía muy sano. Y limpio a no ser por lo embarradas que llevaba las patas. ¡Sabía Dios la cantidad de charcos por los que habría cruzado hasta llegar allí! Parecía muy dócil y cariñoso.
- ¡Hey! Jajajaja… ¿Sabes? Pareces "buena gente”.  El comentario era aparentemente absurdo, pero Julián se dejó llevar por la simpatía que le había despertado el perrillo - ¿Te quieres venir conmigo?
El perrillo agitó la cola más nervioso aún. Parecía que entendiera las palabras de Julián. Pensando todavía que el hacer el intento de ir a cogerle saldría corriendo, introdujo el portafolios en la pechera de su viejo abrigo y extendió las manos para tomar con cuidado al animal que se dejó coger dócilmente.
Julián lo apretó contra su pecho y le acarició el lomo. El animal se dejó  hacer.
- ¡Vamos a casa! – dijo con decisión. El perrillo se cobijó aún más en sus brazos sin oponer resistencia alguna.
Caminó unas cuantas manzanas y un cuarto de hora después,  ya de noche cerrada desde hacía rato, llegaron al piso. Agradecidos de que por lo menos durante ese rato no les lloviera.
Subieron un piso por las escaleras sin cruzarse con ningún vecino. Frotó con fuerza los pies en el felpudo y abrió la puerta. Todo ello sin soltar un momento al perrillo de su regazo.
Nada más abrir la puerta, vio en el suelo un sobre amarillo. Intrigado, se agachó a tomarlo con una mano. Lo giró, pero no vio datos del remitente. Pasó a la cocina y sin mucho interés dejó el sobre encima de la mesa. Toda su atención se centraba ahora en el perro. Lo dejó en el suelo y, sin quitarse el abrigo se sacó el portafolios y lo puso en la mesa al lado del sobre. A continuación abrió la nevera y tomó el brick de leche. Sacó un cuenco de un armario y puso una generosa cantidad en él.




José C. Ojeda - El Viejo Capitán